Trabajo en una casa de colonias con niñas y niños desde 6 a 15 años.
Se quedan desde 3 dias hasta una semana.
Cada semana vienen y van niños que tienen problemas para dormir, terrores nocturnos, o que no pueden conciliar el sueño porque a los 12 años dicen «mi madre me dice que duerma con ella», y no saben dormir solos.
Niñas que no entienden cómo gestionar cuando una de sus compañeras le dice que se vaya a dormir a la habitación de «las gordas».
Niñas que a las 2 de la mañana salen gritando de la habitación porque las compañeras le han puesto pasta de dientes por todo el cuerpo mientras dormía.
Niños que cada noche lloran porque extrañan a su abuelo o a su padre, que ha fallecido hace poco.
Madres que obligan a sus hijas e hijos a dar señales con el cuerpo en las fotos para saber si les han dado la comida que ellas exclusivamente han pedido para ellos, independiente de lo que coman los demás.
Episodios de llanto colectivo (sí es contagioso, las emociones se contagian.)
Pienso en tantas familias que veo en los restaurants, en sitios públicos y que automáticamente sale la tablet o el móbil como un nuevo integrante más de la familia y se le entrega al niño «para que no se aburra».
Me pregunto qué nos ha pasado, porqué se nos ha olvidado hablarles, mirar a los ojos a nuestros niños y preguntarles qué tal les ha ido el día. Que nos cuenten cómo se han sentido, qué los hace felices y qué los entristece.
¿Tenemos miedo a no saber qué responder? ¿Estamos demasiado cansados? O acaso simplemente nos hemos olvidado que tenemos delante a una persona que nos necesita para su desarrollo emocional.
Hace dos días, después de la cena en los juegos de noche, había una niña a punto de entrar en crisis de ansiedad. La monitora se me acerca y me mira con cara de «ayúdame, no sé que hacer». 
Me acerco, le pregunto a la niña como se llama (utilizaré el nombre de María para proteger la identidad de la menor), la cojo de las manos y le digo,
– Hola María, mírame, respira conmigo. Tranquila, estoy aquí.
Sigue respirando, profundo. Mira como se mueve mi pecho y mis hombros e intenta seguirme.-
María me mira, con los ojos desorbitados, hiperventilando me aprieta las manos y asiente con la cabeza.
Después de unos minutos, logra bajar el nivel de ansiedad. Y le digo,
– ahora puedes reírte si quieres de mi cara de tanto intentar respirar profundo. ¡Llevamos un rato aqui!.-
Y se ríe, se ríe tanto que las dos estallamos en un ataque de risa, una catarsis total. Se relaja y recupera su ritmo de respiración normal. Hasta que cansada, me dice, creo que necesito ir a dormir.
Le pregunto si le apetece que le de un abrazo y lo acepta.
 
Un abrazo, respirar.
Que se paren a escucharlos, que los miren a los ojos.
¡Es lo que necesitan!
El trabajo, la vida, si podemos llamarla así, en éste sistema devorador nos consume la humanidad, y a menudo nos olvidamos de lo importante.
Menos control, y más amor, más escucha, más mirada atenta.
Acompañemos la infancia con amor, con respeto.
Entreguemos espacios seguros de comunicación.
Seamos ése espacio seguro.
 
Por nuestras niñas y niños, que no se nos olvide lo sanador que puede ser un abrazo.
 
 
Carolina A. Aravena
Equipo PsicoLearn
Imagen: Francisca Quatraro